viernes, 29 de julio de 2016

Aquí todos vivimos en paz


Nadie se entromete en la vida de los demás, ni impone su voluntad. Nadie se queja por el ruido que hacen los turistas cuando se pasean por el barrio como un torrente. Nadie mira con recelo al vecino por tener una casa más grande, unos hijos más atentos, un jardín más colorido, o una plañidera mejor pagada. Nadie es mejor que nadie, ni tampoco se lo cree, haya lo que haya hecho antes.
Todos somos iguales. Todos estamos muertos.

Aquí todos vivimos en paz.

No hay guerras, ni dificultades económicas. No hay preocupaciones familiares, ya que no se puede hacer nada más por los hijos, ni por los padres postrados en una cama. No hay tiempo libre, pero tampoco ganas de malgastarlo. Y aunque este cementerio sea como el barrio bohemio de una gran ciudad, lleno de artistas conocidos, de genios incomprendidos, de ricos mecenas, y de desheredados sin fortuna, en realidad ya no existen las clases sociales.
La muerte nos iguala a todos al final, aunque también lo debería hacer desde el principio.

Y, pese a todo - o, más bien, por ello-, aquí todavía podemos vivir en paz.

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