- ¡Ahora es el momento de morir, no vale la pena seguir viviendo sin una botella de champán caro entre mis manos … me voy al Puente 24 de Noviembre! - grita el Viejo Otrebo a los cuatro vientos, para ver si alguien le escucha y, así, en un intento de detener una tragedia segura, ese alma caritativa le diera una botella de champán, licor o cualquier otro recipiente repleto de elixir amnésico.
La respuesta fue (casi) Total Silencio. Sólo se percibía el toque de las tres en el campanario de una Iglesia imaginaria. Sólo se percibía una sirena en la lejanía anunciando una muerte más. Sólo se percibía la lluvia sonámbula acariciando los adoquines de una decimonónica travesía sin nombre. Sólo se percibía unas pisadas cristalinas de un anciano reverberando en los muros de una casa sin paredes.
Aún así, las saetas siguen cantando a los pasos y los grillos siguen cantando a las hembras. Pensar que el mundo se va a parar porque un hombre se va a suicidar, es como afirmar que los ángeles no mataron a Annabel Lee.
Habría matado por un poco de bebida, y seguir flotando por encima del mar de nubes anaranjadas que esa noche inundaba el cielo, y seguir siendo la única persona que podía ver la inconmensurable belleza de la diosa Selene, vigía de la tormenta. Pero ese trago no llegaba, y cada vez más rápido descendía hacia los abismos atezados de la realidad.
Y le dolía la cabeza. Y sintió náuseas...
La vida pone a cada uno en su sitio, pero eso no ocurrió aquella noche con el Viejo Otrebo. Tendría que esperar a la siguiente noche sin luna para saber qué hay al otro lado. Para saber qué hay debajo de su puente
Mecenas. #1
Hace 6 días
















