lunes, 22 de agosto de 2016

Om

Era tarde cuando sonó el teléfono. Casi de noche. “La hora en la que se hacen las mejores fotografías”, pensó al mirar el cielo, que estallaba en todas las tonalidades de naranja tras la ventana del salón. Al descolgar y saber de qué se trataba, se puso nervioso. Notó cómo su cuerpo empezó a temblar, unas sacudidas leves, pero suficientes para que le afectase a la voz y su interlocutor lo pudiese notar. Había esperado la llamada durante mucho tiempo. No ésa en concreto, sino una, la que fuese.
Apenas comprendía lo que le estaban diciendo al otro lado de la línea, por eso no hacía más que repetir lo mismo. Un rosario. Un juramento. La conversación parecía cualquier cosa antes que la cita para empezar en un nuevo trabajo:

-¿El día 9? -preguntó con un hilo de voz.
-Sí, el día 9. A las 8 de la mañana.
-¿De la mañana?
-Sí. Acuérdese de traer todos los documentos que indicamos en la oferta.
-¿Documentos? -dudó, por un instante, que el trabajador de la empresa le hubiese oído.
-El documento de identidad, la cuenta bancaria, el formulario correctamente rellenado, la declaración jurada...
-¿La declaración también? -le interrumpió todo lo brusco que su ansiedad le permitía-. ¿Cómo consigo una?
-Debe acercarse a un notario y pedirle que le redacte una.
-¿Notario? -pareció suplicar.
-No es caro. Si no conoce a ninguno, le puedo dar varias opciones -notó cómo el trabajador esperaba una respuesta, pero no pudo contestarle, así que continuó-. Solemos recomendar la notaría de la calle Cinco de marzo.
-¿Cinco de marzo?
-Sí. Eso es todo. Buenas tardes. Bueno, ya casi buenas noches.

En cuanto colgó, se recostó en el sofá y dirigió su mirada a las envejecidas molduras del techo. Buscaba aquel punto luminoso entre las grietas que siempre le devolvía la serenidad. Estaba más nervioso que durante la conversación. No había hecho nada más que fotografías desde que tenía memoria, pero esta llamada era para trabajar como comercial. “No se requiere experiencia en ventas, ya que el éxito de nuestro personal empieza cuando finaliza el curso de preparación”. Esta frase en el anuncio era lo que le había decidido a dar el paso e inscribirse en la oferta. Algunos lo llaman reciclaje profesional; otros, necesidad. Sin embargo, ahora no se sentía tan seguro como cuando se inscribió o durante la entrevista, aunque el hambre que sentía era el mismo.
Al tiempo que cavilaba sus opciones, seguía buscando ese punto luminoso, su mantra particular. Creyó haber visto un destello en el techo, pero volvió a apagarse rápidamente. Hacía diez meses que le habían despedido del estudio de fotografía en el que había trabajado desde dios sabía cuánto. “Ya nadie se casa”, le había dicho aquel día su jefe, que tenía una sonrisa en el rostro, como irónica. “Y, si lo hacen, todo el mundo tiene una cámara en el bolsillo, ¿no?”, había continuado, al mismo tiempo que le enseñaba su móvil y le lanzaba una ofensiva carcajada. Desde entonces no había vuelto a coger una cámara. Ni un móvil.
No conseguía relajarse. Creía que el corazón se le iba a salir del pecho y que las sienes le iban a estallar. Intentó acompasar la respiración inspirando primero, espirando suavemente después, volviendo a coger aire con la nariz, y expulsando todo el que acababa de coger hasta quedarse vacío. Y vuelta a empezar. No sabía qué iba a ocurrir el día 9. Estaba dando un salto bastante largo fuera de su zona de confort. La fotografía era su vida, y aunque nunca quiso que le recordasen sólo como un fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones, ahora hubiera dado todo por hacer de nuevo feliz a esa gente que todo lo celebraba.
Empezó a calmarse. Concentrarse en su respiración parecía funcionar. Pensó que quizás no fuese tan malo buscar trabajo en otro sector. Que un cambio de aires no le vendría mal. Nuevos compañeros, nuevos clientes, recorrer la ciudad, tal vez la provincia. Tanto tiempo encerrado en casa le había estado ahogando, aunque hasta entonces lo había achacado a ese pegajoso verano, que se estaba alargando más de la cuenta.
Ya no necesitó seguir buscando el punto luminoso. Su nuevo mantra era él mismo, sus pulmones. Al menos, parecía funcionar mejor. Tanto, que se adentró irremediablemente en la tenuidad del adormilamiento. Esta fase, aunque breve, fue el mejor momento del día. Todas sus preocupaciones se disiparon. La serenidad le rodeó suavemente con sus brazos y le meció en su regazo. Pronto cayó en un profundo sueño, pero fue el más lúcido que recordaba haber soñado nunca. Soñó sólo con un día perfecto; luego, con una tarde de domingo en un parque. Soñó unas partes en blanco y negro y otras partes en technicolor. Soñó sin efectos especiales, y, seguidamente, con otros efectos que estaban por inventarse y que no comprendió. Soñó con el único animal que le parecía bonito, junto al que había otros bichos que no quiso haber soñado. Soñó con el olor que debía desprender Anna Karina al terminar de bailar, pero no vio sus ojos ni sus orejas, así que no estaba seguro de si era ella en realidad. Soñó con el erizamiento de unos pezones a través de una camiseta desgastada pese a no ser invierno todavía, y supo que sí era ella. Soñó con unos ojos grises, con la sensación de que nunca más los volvería a ver. Soñó con la minúscula ventana de su salón, y también con el color con el que debería estar bañándolo ese atardecer anaranjado. Soñó sin esperarlo, pero también sin querer evitarlo.

Hacía diez meses que no soñaba.

viernes, 29 de julio de 2016

Aquí todos vivimos en paz


Nadie se entromete en la vida de los demás, ni impone su voluntad. Nadie se queja por el ruido que hacen los turistas cuando se pasean por el barrio como un torrente. Nadie mira con recelo al vecino por tener una casa más grande, unos hijos más atentos, un jardín más colorido, o una plañidera mejor pagada. Nadie es mejor que nadie, ni tampoco se lo cree, haya lo que haya hecho antes.
Todos somos iguales. Todos estamos muertos.

Aquí todos vivimos en paz.

No hay guerras, ni dificultades económicas. No hay preocupaciones familiares, ya que no se puede hacer nada más por los hijos, ni por los padres postrados en una cama. No hay tiempo libre, pero tampoco ganas de malgastarlo. Y aunque este cementerio sea como el barrio bohemio de una gran ciudad, lleno de artistas conocidos, de genios incomprendidos, de ricos mecenas, y de desheredados sin fortuna, en realidad ya no existen las clases sociales.
La muerte nos iguala a todos al final, aunque también lo debería hacer desde el principio.

Y, pese a todo - o, más bien, por ello-, aquí todavía podemos vivir en paz.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Cazadores de ranas y sapos.



A los malolientes muertos que ha dejado la guerra entre los poetas y sus musas.
¿Veis como hay que colgar en la plaza del dogal,
desde el primer y redondeado pacifistas,
hasta el último incrédulo hijo de puta?

¿Veis, con la sangre corriendo, frente a vosotros,
por vuestros salmos de ángel,
que no era tan buena idea escudarse en el corazón,
o en la obertura de su llave?
¡Borregos!
¡Mira que armarse de tinta borracha,
de pinceles enajenados,
de pechos alterados por canciones,
de pequeñas flores,
que se deshojan a vuestros suspiros,
como un reducido grupo de diamantes!

Las lágrimas gatean, pasean, corren.
¡Bien que lo sabéis!
Como torneadas veletas de piedra
que cambian el curso de los vasos de vino,
de los arodillados dispensadores de anillos,
del centro, por repasar, de los tatuajes de aullidos.
Las manchas de las jirafas tienen forma de nimbo,
acercándose por la espalda, a esta cabaña en el río.

A los abracadabrantes amantes del amor
y otros festines de basura, con peor sabor pero con mejor destino.
No caen en vuestra red de saliva, los rastros que podéis ir llamando “El Futuro”. 
En su lazo de manos, en su lucha de payasos,
ninguna verdad oculta,
ninguna carta heliográfica,
que nos deje desnudos y pendiente de los astros.
¡Tened! ¡Sostened!
Asquerosos ramos sin plumas,
aplopejías musicales, torcidas ruinas de versos vertebrales.
¡Que sí! Es muy probable que la vieras
arreglándose la nunca con un único cable de seda
y te pareciera, ese hecho, la más hermosa de las artes.
¡Que sí! Por un momento pensaste que sonaba “I Giorni”.
Puede que estuvieras ciego
o puede que fuera por la tarde.

Al bailarín de bullas, al punky adorable,
que sesteaba sobre el rigor de los clavos
y no le importo jamás contraer la locura.
De ninguna de las moradas frutas del pecho.
De los palacios inimaginables de su frente sucia.
¡Un crespón le ha pintado una rubia!
¿Quien toca ahora, nada más que para los sueños,
la flauta travesera del agua
con una mariposa en llamas
posada en las arrugas risueñas de su mente?
¿Él? ¿“El After Rock”?
Verdaderamente fue el primero en darse la vuelta
y en bajar los pies a las alturas.
Pero creo que no,
creo que lo que suena es una fortuita
y entreabierta caja de música.

El intruso anal, la promesa madura,
el primer beso inconsciente
en una noche detallada por las figuras.
El talento de morder con dientes de piano
y salir, sin ayuda de las manos, de las alas de los grillos,
de la droga dura del descansillo,
del pellejo de mebrillo,
del camino de visita de la turba.
La boca en la que se fue la luz
y se volvió a correr de su sitio la cordura.
El banco, hecho de madera de árboles que no querían morir,
abrasado, por no saber leer bien entre tiempos:
La posibilidad de una daga en el costado,
el riesgo asumible de nuestros brazos,
la levedad de las pecas, claras, distintas,
flotando en tan opaco y distante charco.
¡Eh banco puesto a un lado y magullado!
Venían del universo, de un bar repleto,
de la posible reventa de un concierto de Los Secretos,
del concurso de citas que todavía no han comenzado.

El cazador de ranas y sapos, prendido por renacuajos.
“ –Era otro elemento, el amor, en el que no había pensado”
Príncipes rescatados por princesas
que vienen siguiendo su propia trenza
desde un lejano recuerdo desatado,
y que cantan, para el deleite de ellos,
mientras los bajan de la torre del acordeón donde estaban encerrados,
una canción sobre “El Contador de Historias y un caramelo amargo.”

-Dimas P.L.- También conocido como "D"

viernes, 21 de agosto de 2015

Compromiso cívico de desaparición.



Te echaré de menos al principio,
no mucho más.
No esperaré a que una lluvia amarga
deshaga como un telón,
o me de su permiso el suelo
para enterrar tu apestoso y florido cadáver negro.

He llevado al límite mi dolor.
Lo he llevado en un triciclo alado.
Ha viajado más que yo.
Sabe más que yo.
Reconoce, como hasta la más inexperta de las navajas lo hace,
que la sangre puede cambiar
solo un número determinado de veces de color.

Te echaré de menos al principio,
solo al principio,
pero lo haré bien,
como se tiene que hacer,
con la puerta de mi habitación cerrada a las visitas
y conmigo dentro, esperando a que vengas,
y que luego, 
por mucho ponerle velas y lagrimas 
a los santos que me crean,
no aparezcas.

Lo que nos podríamos ahorrar,
Lo que nos podríamos reír
si nos olvidáramos, el uno al otro, 
a la vez y porque si,
en un compromiso de desaparición equitativo y cívico.

Pero no, yo te echaré de menos, desde el final, un poquito.
Y por mucho que ese romántico íncipit no sirva de nada,
me seque con su comienzo la garganta,
y me acabe con su inicio,
te echaré de menos,
al menos,
al principio.

-Dimas P.L.- También conocido como Limas


lunes, 4 de mayo de 2015

El día del espectador



Has monotematizado mis sueños.

Yo antes era feliz entre dinosarios de tres patas
que alargaban su cuello en la pradera
por la última hoja de cinco puntas con forma de estrella.

Yo era feliz pagando mis deudas
con Jaldabaoth "El dios negro"
encerrados, repartiendo cartas a sus huestes macabras
en el peor garito del infierno.

Las noches buenas, incluso,
Mercury volvía radiante del hoyo
y me enseñaba los secretos
de mantener bien perfilado un bigote
y como sacarle, a una corona de ante, el polvo.

Pero ahora no, no puedo ir más allá de ti.
Entro, me siento y pasan tu película.
Una y otra vez.
Unas veces te persigo en ella
por un territorio devastado por las guerras,
donde han muerto tanto saltimbanquis como teteras,
y otras, me coges de la mano que menos tiembla
y me entierras en el amor y otras cosas imposibles,
que bien es sabido que es cosa de sueños
y no de realidades canallas, subrayo: reales, y plausibles.

No es justo para el bestiario de bichos raros
que tenía allí, turnándose para caminar por el aire
o entregarme planetas, bien parecidos y lábiles como una cometa.
Metiste a tu melena oportunista allí,
sin permiso, quizá por una de mis orejas,
y no queda espacio para que ondeen otras banderas.

Quiero que vuelvan los piratas y los cowboys,
todas las flores de “Where have all the flowers gone?”
las casas abandonadas y hasta aquel perro enano
del que no puedo esconderme
y que corre tras de mi demasiado rápido para su tamaño.

Quiero acabar con tu reino de anuncios de perfume y sueños.
Prefiero la oscuridad aburrida y absoluta
que acabar dormido en ti
y en tu pase de creer que todo es verdad
que todo es real, hable la luna desde el cielo que hable,
y que nunca va a venir la luz del sol o mi madre despertarme.

-Dimas P.L.- También conocido como "DimasNoglass"

sábado, 14 de febrero de 2015

Shadwell Blue Roll



Si tan solo pudiera provocar en mí
tan fácilmente la explosiva llorera
y las largas y consistentes lágrimas de su chistera
como podría y puedo cuando lo necesito
provocarme con los dedos el vómito.
Me vaciaría, me quedaría como nuevo y contento
y este autobús de latón, sin importunar al conductor,
llegaría alguna parte
y no iría por los suburbios mirones de Shadwell
zigzagueando entre ramas de semáforos secos
todo recto hacia el infierno.

Si pudiera rascarme con la uña en el ojo
hasta sacar una pequeña punta de un infantil sollozo,
de la primera lagrima escondida girando en este pozo,
y tirar de ésta y que con facilidad pasmosa
y una pedante canción romántica
salieran todas anudadas y de colores,
una detrás de otra, en orden
hasta que lo que quedara de mi ser solo fuera la otra punta.
Destejido pero contento
ya no sería esta habitación más,
un cajón de tachones en el diario
donde me guarda arrumbado alguien malvado
como un lejano y borroso recuerdo
que aun no puede olvidar
pero se esmera en algún día lograrlo.

-Dimas- También conocido como Elviajerodelashorasintempestivas

sábado, 27 de diciembre de 2014

(Póngase aquí el nombre, si lo tuviese, de la musa que alguna vez se haya tenido)

Ella me recuerda a una escultura clásica.
Una prenda liviana y traslúcida la cubre suavemente. Su piel adquiere el color de cualquier luz que la alumbra, pero su belleza se agudiza con la inclinación del atardecer. Los cabellos que no han quedado recogidos caen sobre su nuca como ramas movidas por el viento del mar que parece rodearla. El contrapposto le permite moverse sin necesidad de bajarse de su pedestal, desde donde lo ve todo. Atrae irremediablemente con su mirada blanca y mate, con su aroma levantino, y con la curiosidad que genera en los demás la piel tersa de sus senos, esos mismos que se sonrojan cuando alguien los está mirando.

Ella me recuerda a una diosa.
Es fascinante. Caen rendidos a sus pies muchos, centenares, desde hace siglos. Es orgullosa. Nadie se atreve a desafiarla, pero todos la que la contemplan, acobardados detrás de sus parapetos, la defenderían sin dudar. Es preciosa. Pero nadie, ni ella misma, pretende sucumbir a sus encantos.

Ella me recuerda a la Venus de Milo.
Es inabarcable. El ritmo de los pasos de la mayoría de las personas no sirve para recorrerla, aunque acaben agotadas. La puedes llegar a mirar por todos sus ángulos, pero no puedes llegar a entenderla en su conjunto. Quizás ésa es su venganza por el hecho de que nadie intente, por no tener brazos, amarla de verdad.

Ella, que es allí, es un lugar. Una ciudad.
Sí, en algún momento de mi vida he tenido como musa a una ciudad. Una ciudad atrayente, fascinante, orgullosa, preciosa e inabarcable. También caótica, como toda buena fuente de inspiración. Atemporal, ya que lo que ella nos permite ver es simplemente todo aquello que le ha pasado a todos los que han vivido en ella alguna vez. Y, sobre todo, simple e incomprensible, como un autobús en el que los ocupantes y las maletas se desbordan por sus lados.

Pero, como inspiración que era, se fue como vino, sin avisar.


martes, 18 de noviembre de 2014

Porqué creo que soy una cebolla.














Se dice que las personas guardamos nuestras vergüenzas
bajo capas y capas de cebolla.
En ocasiones, para llegar a ellas
- sea cual sea el motivo -
tenemos que llorar.

Sin embargo, un día llega alguien
que te importa y a quien tú importas.
Alguien a quien sabes has herido,
- queriendo o sin querer,
según sople el viento-.
Y te mira de una manera tan inquisitiva
que te atraviesa la mente hasta grabarse en tu nuca.

Tiemblan tus recuerdos más traicioneros,
se reúnen en tu mente,
como si fueran invocados.
Él parece oírlos tremolar
y tú de repente desearías incinerarlos.

sábado, 30 de agosto de 2014

A la negra sombra del agua
















Que suba la marea
en la celda que tengo reservada.

Buen intrumento es mi cuello
para medir el nivel del agua.

Ni remos cobardes, ni llaves de cobre,
que me mantengan a flote.

Que tengo por pies una quilla agujereada
y de capitán una pequeña ventana.

Achicar el aire hasta que no salga.
Llegarán a las paredes mis dedos
como llegan las olas a la playa.

Me muera yo entre la sombra que parten los barrotes
y un bosque de burbujas saladas.

-Dimas- También conocido como el "Hijodeputapródigo"

lunes, 14 de abril de 2014

El Delfín


Antes de entrar, la mujer del zapatero se asomó, de puntillas, por el pequeño hueco enrejado de la puerta. No lo pudo ver desde allí, así que se puso nerviosa. Era el único consejo que su marido le había dado: “ante todo, conserva la calma cuando estés dentro”. Lo recordó en ese momento, y sus nervios se alteraron más todavía.
Antes de abrir la puerta, con las llaves en la mano, miró a izquierda y derecha, encontrándose con un largo y solitario pasillo en ambos lados. Sabía que no iba a haber nadie, pero quería asegurarse. En toda la prisión sólo quedaban ella, su marido, que vigilaba la entrada, y el pequeño Delfín. Los demás estaban en la Plaza, a la espera de un nuevo festival de sangre. O en las callejas cercanas, en pleno festival de embriaguez.
Una vez abierta la puerta, pudo verlo al fin. Estaba tirado en una esquina encharcada de a saber qué, con toda la piel llena de pústulas supurantes. Sus nervios, pese al olor a muerte y humedad, disminuyeron al ver que el pecho del pequeño todavía subía y bajaba, aunque de forma muy espaciada.
“Es la celda más sombría del Temple”, pensó la mujer del zapatero antes de vaciar la cesta que llevaba consigo y agacharse a recoger al pequeño Rey, que apenas pesaba más que la ropa que acababa de dejar caer. Antes de salir de la celda, comenzó a silbar, nerviosa de nuevo, La Marsellesa, que resonó por todos los muros de la antigua fortaleza. Aunque nadie la pudo oír.

viernes, 28 de febrero de 2014

Eva tumbada en las playas inexistentes





 El cofre tenía la boca abierta
Y Eva recontaba sus galletas
Con los lagos celestes
Sobrevolando y vertiendo destellos sobre la isla recóndita.
Con la arena rosada haciendo industriosos montículos entre sus pies.
Con los mongólicos flamencos rascándose el pico contra los cocoteros.
Con el buen tiempo disfrazando su piel.

Ya llevaba el suficientemente tiempo perdida
Entre líneas
Como para ir vestida con hojas y ramitas,
Con lama y verdín,
Que vivían, que se ondulaban en los soplos del anochecer,
Mucho antes que ella, por allí.

Todas esas veces que la brisa le había cepillado el pelo
(Hasta cien llegó a contar)
Y todo ese jugar por los bajíos al escondite
Con los tesoros escondidos por la corriente,
Le daban hambre
Y le hacían olvidar.

Un sol débil y difuso,
Enfermizo y del todo sin despertar,
Como con sus rayos recién salidos del mar,
Se había extendido por su mente
Como un tintero volcado,
Como una primavera de atolones y arrecifes,
Y había igualado con tinta  y coral,
Todas las palabras importantes
Que antes habían sido escritas,
Que antes ocupaban su lugar.

Eva mordisqueada por el dibujo de las olas que se alejan
Olvidaba la hora de la tarde en la que le gustaba besar a su chico,
Y como éste, sin que ella lo pidiera, le intentaba animar
A prescindir de su soledad.
Soledad que la vestía y entrecomillaba,
Soledad que agradecía y a veces esperaba 
Entre la multitud y su arrogancia.

Se olvidaba de la acidez de su droga favorita
Y como está burbujeaba adentrándose en su nariz,
Arrancándole la vida, desglosando su sangre
Y llevándola a sitios por vistas a vestigiosas luces
Y por pedregosos e inclinados pasillos.
Sitios a los que pertenecía realmente.
Sitios aún más raros que éste.

Dejaba de lado los días de pago
Y el amarillento y recto bigote de su casero apuntando,
Tratándola  como morosa y niñata.
Pero también se le empezaba a borrar el hecho de respirar
Con todas las fuerzas que le había enseñado la libertad,
Con todas las nubes blancas que aguantaban sus pulmones
Al despojarse de la pesadez del dinero debido durante meses,
El hecho de irse inmediatamente después a meter la cabeza en las barras 
A preguntarle a una camarera risueña  por su espumosa caña.


Olvidaba las violentas discusiones pasadas 
Con su padre por sus horas de vuelta
Y su monologo peyorativo que con los años se había convertido,
Casi sin darse cuenta,
En un golpe amable en la espalda cuando se encontraban
Porque de alguna forma estaba orgulloso de ella,
De la vez que había sobrevivido a la adolescencia sin embarazos,
De la vez que acabó los estudios sin mucha nota pero con algo,
De por fin conseguir que irguiera la espalda y la pechera
Cuando caminaba por el pueblo con ella.

También olvidaba con la sal yendo hacia las cepas de su cicatriz
Un preciado recuerdo en el suroeste,
En los bulevares de un astillero deplorable,
Donde un Bogart de barrio le rugió:
“Me gustas.  Más tarde averiguaré porqué”
Se ruborizó aunque no era ni  mucho menos guapo,
Se sintió hermosa, repleta
Y acto seguido endureció sus tobillos
Y se recolocó las tetas.

Las largas algas le ataban a su memoria todas las patas
Desde lo más liviano hasta en lo más íntimo,
Y fue fácil sentirse bien
Con las risas explosivas y mindangas de su dulce niño,
Con el taladro de sus llantos entre sus pechos insuficientes y cortados,
Sumergiéndose como hierros soltados
En el piélago del infinito.

 Si había un problema en Eva
Era el ser todo y lo que le daba la gana
En su propio e ideal cuento en la rivera.
La soledad que es una artista del veneno
La tocaba como una flor
Y en esas lejanas orillas
Olvidaba y olvidaba ella
Estar de vuelta
Y ser concretamente Eva.

 -Dimas- También conocido como Elchichodelmillóndecéntimos